martes, 13 de octubre de 2009

Una Odisea en el desierto

Era un lugar desolado donde solo se podía ver, arena, mar y tierra, caminando me di cuenta de que nunca saldría de allí, pero me decía a mi mismo: “tú puedes salir de aquí, no te rindas”, con ese pensamiento me animaba a seguir caminando por el terrorífico desierto de Pachacutec, pensando llegar a un AAHH, me encontré con una tienda, cuando iba a tocar la puerta, vi que solo era un gran pedazo de pared de adobe y quincha en medio del desierto, y que atrás decía:”A 10000 Km. Del callao en auto”, me sentí la persona mas desdichada del planeta, me entristecí cuando comencé a recordar como entre al desierto, Caminaba por la avenida Abancay, como cualquier persona queriendo comprar un par de zapatillas, cuando vi a lo lejos una banda inmensa de barristas de la “U” y “Alianza Lima” que venían del partido decisivo entre los dos equipos quienes se disputaban el torneo peruano, yo no sabia quien había ganado pero sea quien sea los barristas venían enfurecidos, un bando contra el otro, sin pensarlo dos veces Salí corriendo como nunca lo había hecho antes, no se cuanto tiempo corrí ni cuantas combis al azar tome pero llegue a un lugar que reconocí como La Fortaleza del Real Felipe, era de noche y solo me disponía de una linterna que encontré, cuando entre no había marcha atrás, la puerta se cerro de golpe, estaba frustrado pero seguí con la esperanza de encontrar una salida, era un edificio de tres pisos, recordé que meses antes había escuchado que había presencias fantasmales en este lugar, al recordarlo se apodero de mi un escalofrio que permaneció hasta el fin de mi recorrido, caminando me encontré con una inscripción, que decía: ”Las almas de este lugar murieron por defender al Perú, sin embargo hay un precio que deben pagar los invasores así que serás condenado a vivir 100 años en el desierto”, al terminar de leerlo sentí un gran mareo y al abrir los ojos de nuevo ya estaba en el desierto, al recordarlo todo mire al horizonte viendo la silueta de un hombre que me llamaba, salí al encuentro muy emocionado, pero ya no era uno sino éramos dos condenados a la desdicha de vivir 100 años en el desierto.